Revista Digital
 

 

Derecho y Diversidad Funcional


Dr. Pablo Kutasievich
(Abogado. Docente Universitario UBA. Especialista en Derecho de Salud)

Cuando el joven estudiante de Derecho egresa, no tiene en claro a qué dedicará su práctica. Salvo que, caso contrario al mío, se asocie en algún bufete familiar o se encuentre trabajando para alguna empresa.

Valga esto también para aquellos que habiéndose perfeccionado en cierta rama del Derecho, se encuentran frente al abismo que representa el egreso: largas horas de incertidumbre, hojas de agenda con días enteros en blancos interminables y la sensación amarga de estar en la encrucijada.

Luego, los “pequeños trabajitos de barrio” como la redacción de contratos, cartas y algunos otros documentos van centrando de a poco el eje de una profesión ingrata para los que no la heredan. Y la actuación en casos con escasa resonancia para nosotros y vital importancia para los otros, nos apuntalan y trazan el perfil profesional de nuestra vida.

En el verano de 2005 tomo por primera vez contacto con lo que se puede definir como una consulta relacionada con el Derecho a la Salud: el hijo menor de un matrimonio amigo de mi familia sufría una grave afección  y su empresa de medicina prepaga lo había dejado sin cobertura. Este problema muy pronto se esparció como una llama, y repercutió en el seno de la familia; enfermando a otros integrantes sanos que veían con impotencia como las agradables y burbujeantes sonrisas de las promotoras de la empresa en cuestión desaparecían escudadas en escritorios sucesivos, papeleos interminables, evasivas variopintas y oficiales de seguridad privada.

Habiendo escuchado con atención la angustia de los padres del menor, aquella noche no pude dormir tratando de encontrar una solución pronta y correcta. Sin saberlo, estaba por ingresar a un mundo del que nunca –hasta este momento- he podido despegarme.

La solución del caso, como en todo caso de asistencia a discapacitados o enfermos plantea al profesional la imperiosa necesidad de entender la patología por la que abogará. Por ello, la defensa del Derecho a la Salud, involucra siempre el compromiso de estudiar y tratar de entender a la ciencia Médica y sus implicancias. No basta con ser un experto en el Código Procesal para articular la acción correcta en el tiempo oportuno. Aquí es menester quitar la vista de la Ley para correrla a la Historia Clínica. En función del requerimiento terapéutico, el abogado se enfrenta a nuevos plazos que le impone ya no el Código sino la vida de su cliente.

Me gustaría adelantar que la empresa de medicina prepaga cumplió con el 100% de las prestaciones una vez que recibió la intimación judicial para hacerlo: el niño fue intervenido quirúrgicamente, se le colocó un implante, se le dio atención de primer nivel y el seguimiento post operatorio fue impecable. Hoy en día, continúa bajo tratamiento porque si bien la operación fue un éxito completo; la tardanza en el reconocimiento de su derecho ha hecho mella en su salud psíquica. Pero evoluciona favorablemente, y tengo el gusto de verlo en reiteradas ocasiones.


El auge de la medicina privada, sustentada en la creencia de que su cobertura es mejor y más completa que la del sistema público ha convertido a la Salud, un derecho innato reconocido Internacionalmente y consagrado en nuestra Constitución, en un bien de mercado que mueve millones. Me parece muy extraño equiparar este derecho a otros, asignándole un valor. Quien tiene dinero puede comprar un automóvil último modelo, quien tiene menos comprará un automóvil usado o una bicicleta. Aún sin dinero, la persona hará dedo o caminará; pero su derecho a transitar libremente no se ve afectado. Con la Salud no ocurre eso, porque el sistema propone el goce sólo para quien puede acceder a ese “Rolls Royce”. Lamentablemente, aquí no se trata de viajar en un auto de lujo; la mayoría de las veces se trata de dar la posibilidad de mejorar la calidad de vida y en casos extremos; de dar la posibilidad de continuar con vida.

Así las cosas, el sistema de Prepagas y Obras Sociales continuamente pone barreras al enfermo y a sus familiares. Y me permito afirmar esto ya que cuando un caso es resuelto, el juez que falla no recurre al Derecho Comparado para solucionar la controversia; el Derecho Argentino le brinda todas las herramientas. Simplemente, esas herramientas que son las leyes, no son consideradas por algunas personas. Es tarea del abogado sortear esas barreras y brindarle al juez el argumento que le permita utilizar esas piezas legales para destrabar el estado de conflicto.

Tras la reforma Constitucional de 1994, el Amparo se presenta como la solución adecuada para lograr el acatamiento de las leyes que dan cobertura a las personas con necesidades especiales. Su alto rango y su carácter urgente y sin rodeos  frente a otras vías procesales que a veces resultan altamente engorrosas, lo presentan como el mejor vehículo para la salvaguarda de tan importantes derechos. Desafortunadamente, muchas personas ignoran sus derechos y sin reclamar o sin siquiera intentar el reclamo, obtienen la negativa y se van a sus hogares apesadumbradas a ver cómo se deteriora su calidad de vida.

He dictado clases y conferencias en diversas Instituciones Educativas, y accedido a reportajes en algunos medios radiales y gráficos sobre estos temas porque creo firmemente que en un mundo globalizado, también se globaliza la ignorancia; y que la divulgación de nuestros derechos y de cómo acceder al pleno goce de ellos nos libera, nos acerca a una sociedad mejor y contribuye a formar mejores ciudadanos. La repercusión siempre es buena, y con agrado se aprecia cómo la concurrencia sale satisfecha, anoticiada de cosas que desconocía hasta ese momento. Y muchas veces, con una esperanza de mejorar su calidad de vida. Cada uno, desde ese momento, pasa a ser portavoz de la buena nueva: “tengo derecho y puedo hacerlo valer”.

El curso que acabo de desarrollar intenta introducir a los profesionales interesados, personas con necesidades especiales, sus familiares y público en general en el debate de estos temas relacionados con el Derecho a la Salud. Se trata, en definitiva, de brindar un panorama real, concreto y actual sobre la legislación que ampara a las personas con diversidad funcional y cómo poder ejercer esos derechos; sin dejar de profundizar sobre las diversas políticas que afectaron y afectan a ese colectivo, las cuestiones filosóficas que ellas acarrean y la realidad que se vive en otros puntos del Globo. Para ello, se plantean y desarrollan tópicos propios de la bioética e irremediablemente, se recurre a la Historia para fundamentar adecuadamente y dar acabada idea de los temas tratados.

Cada tanto, algún hecho artístico o periodístico pone en el tapete el tema de la Salud y la Discapacidad. Pero la minusvalía o la enfermedad continúan aún cuando se baja el telón o se apaga el televisor. Es fantástico que filmes como “Sicko”, del premiado y discutido director Michael Moore nos hagan tomar conciencia del valor de la Salud en el mundo capitalista o que nos emocionen las andanzas de Forrest Gump hasta las lágrimas; pero la defensa de los derechos de las personas con necesidades especiales exige compromisos mayores: estudio, dedicación y tesón. 

Ojalá todos pudieran vivir la grata experiencia que se siente al obtener un resultado favorable en Tribunales al defender estas causas muchas veces tildadas como menores o perdidas, no tengo dudas que su concepción de la Justicia se vería afectada. Tenemos en las manos un recurso poderoso para recuperar prestigio y aliviar el padecimiento ajeno, todo eso a la vez. No logramos la provisión de prótesis, una operación o un fármaco; en realidad ponemos orden en un sistema que nos trata como números, y nos acepta de acuerdo a un cálculo de costo y beneficio.

No hay causas menores o pérdidas, todas se pueden revertir en tanto defendamos el supremo valor de la vida; y no se trata de nada más que eso.

 

 
 
 
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